"Darvaza" significa "puerta" en turco — y la coincidencia parece casi mística. Un abismo en llamas en medio del desierto de Karakum, despoblado y silencioso, tiene todo el aspecto de una entrada al mundo subterráneo. El fuego lleva ardiendo más de medio siglo sin apagarse.
La historia del cráter comenzó en 1971, cuando geólogos soviéticos realizaban perforaciones exploratorias en busca de gas natural. El suelo bajo la plataforma de perforación cedió, abriendo una fosa enorme. Para evitar una fuga de metano, los geólogos decidieron prender fuego al gas — calculando que ardería en cuestión de semanas. El fuego sigue ardiendo hoy.
El cráter mide unos 60 metros de diámetro y 30 metros de profundidad. Su nombre oficial es "El Resplandor del Karakum," pero el mundo entero lo conoce como las Puertas del Infierno. Por la noche ilumina el desierto durante kilómetros a la redonda, y el calor se siente desde decenas de metros de distancia.
En 2013, el explorador canadiense George Kourounis se convirtió en la primera persona en la historia en descender al fondo del cráter — con un traje resistente al calor y en busca de muestras de suelo. Las temperaturas en el fondo alcanzan los 1.000 grados Celsius, pero en las muestras recogidas se encontraron bacterias únicas capaces de sobrevivir en condiciones tan extremas.
Llegar hasta aquí no es sencillo: el cráter se encuentra a 260 kilómetros de Asjabad, en un desierto sin carreteras ni señales. Pero eso es precisamente lo que hace que el encuentro sea inolvidable — un abismo de fuego entre arenas infinitas, sin otra luz en el horizonte.